Aquí el artículo de opinión completo del Arq. Ian Dutari.
Este texto se enmarca dentro de la Exposición Ciudades In (visibles) organizado por USK Mendoza, CAMZA y La Società Dante Alighieri de Mendoza, en la cual el arquitecto participó como invitado especial.
¡Drenen el pantano!, podría haber gritado un desarrollador hace unas décadas. Más allá de las normas, de la lógica, del sentido común emerge la increíble Venecia. Venecia es la oposición a todo lo que sabemos.
Si alguna ciudad merece el adjetivo de mítica, es ella. Sin fecha de fundación cierta, emergida de una laguna fangosa, desafía todos los principios de localización urbana consagrados por los “expertos”. Ningún planificador sensato fundaría hoy una ciudad en un pantano; sin embargo, ahí está: una de las ciudades más bellas del mundo.
Su existencia contradice cualquier modelo técnico y pone en evidencia la potencia cultural de la voluntad colectiva.

El pantano del que surgió Venecia: vista satelital de la región de la laguna donde se sitúa Venecia.
Venecia demuestra que las ciudades no se fundan sólo sobre el suelo, sino sobre la imaginación y el deseo. Cada piedra y cada canal son la expresión de un acuerdo improbable entre el agua y la materia, entre el tiempo y la esperanza.
De las cien “Venecias”
Venecia no es una, sino muchas. Esta ciudad imposible, que emergió de un pantano, no deja de multiplicarse en la mente de quienes la recorren, porque Venecia se nos ofrece como un
caleidoscopio: sus canales laberínticos y sus callecitas permiten incontables recorridos, y cada uno construye una ciudad distinta. Habrá, por eso, tantas “Venecias” como almas y miradas la atraviesen.
Mi mirada se detiene en la ciudad del siglo XX. Ella fue iluminada por algunas gemas de Carlo Scarpa, y vivió también en la mente de unos genios. Los proyectos no construidos de Frank
Lloyd Wright, Le Corbusier y Louis Kahn en esta ciudad nos privaron de una lección mayor de la arquitectura del siglo XX.
El dibujo intenta dar cuenta de esa huella que no fue: el Palazzo dei Congressi que Louis Kahn tendió, casi como una fracción colgante de la hermosa Piazza del Campo, o las islas palafíticas
de Le Corbusier con su proyecto del Hospital. Una ciudad que nunca veremos. Fragmentos de una ciudad imaginada que, aun sin haber sido construida, sigue proyectando sentido.

Permanecen, como una más de las ciudades invisibles que habitan en el pensamiento proyectual y la historia de la disciplina.
Venecia sigue recordándonos que construir ciudad es también un acto de fe en lo humano. Y,como intuyó Ítalo Calvino, “Las ciudades invisibles” no son mil urbes diferentes, sino mil maneras de pensar una sola: la ciudad que llevamos dentro. Venecia, en cierto modo, las contiene a todas. Es todas las ciudades a la vez: la ciudad de la memoria, del deseo, del agua y del tiempo. Es expresión de nuestro instinto primigenio por vivir en comunidad, en ella se mezclan el origen y el fin, el mapa y la metáfora, la piedra y el sueño. Por eso sigue siendo un
milagro: un recordatorio de que lo imposible —cuando se imagina con profundidad— puede llegar a ser.





